jueves, 29 de diciembre de 2011

Hace 10 años escribí mi primer último momento



En realidad no fue el primero. Ya lo venía haciendo, pero a través de cables. En una reciente entrada de este blog conté mi experiencia de cómo Mendoza vivió la caída de De la Rúa y entre enlaces e imágenes de notas puse un último momento que escribí hace 10 años y que en definitiva, hoy lo recuerdo como el primer último momento 100 por cien de cocina propia que hice para un medio digital.

¿En qué se diferencia de los que vinieron después? Primero, la época. Estábamos en el caos de no tener presidente fijo. Gobernaba Adolfo Rodríguez yo. Segundo, el modo del relato. No fue un producto periodístico con todas sus reglas, sino más bien una mezcla de información más sentimiento de lo que se vivía en la calle en ese momento. Y ahora lo explicaré en detalle:

En ese entonces yo hacía hacía los últimos momentos para Los Andes Online, más la edición impresa de ese diario. Entraba  a las 18 y trabajaba hasta las 3 de la madrugada y a veces, más. Mis francos eran los lunes y martes, y domingos y lunes, en forma salteada. Ganaba 800 pesos al mes y ese sueldo nunca aumentó desde ese 2001 hasta que dejé de trabajar en 2005, por lo que la relación laboral se desgastó con un sueldo en negro que no había atendido, entre otros, el incremento del costo de la insulina para mi diabetes, que había triplicado el valor, culpa de la revaloración del dólar. Éramos dos periodistas haciendo el sitio con más visitas en Mendoza, que en ese 2001 llegaba a las 7 mil visitas diarias y en 2005, cuando me fui, trepaba a los 23 mil. Los dos muy raramente trabajábamos juntos porque había que mantener el sitio vivo y actualizado todos los días de la semana, por lo que éramos periodistas-editores de una y había que repartir bien los horarios para que el sitio no quedara desprotegido, informativamente hablando.

Otra característica y que nos diferenciaba del papel es que nunca un periodista digital podía ser una persona especializada en un tema, o que conociera a fondo algo específico, porque éramos periodistas multiprocesadoras y no teníamos tiempo para ponernos fijos con un tema: había que leer constantemente lo que ofrecía el servidor de cables, para seleccionar y publicar algo; había que pensar en los bloques de diseño de la web, en las líneas que ocupaban cada título y en seguir todo el tiempo a Elevediez radio –por ser de Los Andes era mejor evitar las novedades de la radio Nihuil de Vila- para rescatar alguna noticia policial. No había tiempo para más, o apenas para buscar una foto que ilustrase ciertas noticias. Por todas estas razones, el 29 de diciembre a mi me agarró con pocos argumentos y escasos conocimientos periodísticos para explicarle a la sociedad qué era eso del “que se vayan todos”, salvo la de un tipo común, de la calle, y así lo expresé en ese relato.

Sin embargo lo recuerdo como mi primer último momento porque esa tarde salí a la calle con una libretita.  Y el título Que se vayan, que hoy suena a golpista, era lo que en realidad decía la gente en la calle. ¿Y qué sentí? Que estaba ante un momento histórico porque eso que estaba contando iba a quedar para siempre en la memoria y en los archivos de ese diario, por la importancia del acontecimiento y por las características propias de Internet. No existía Google, pero sí habían otros buscadores, como Metacrawler, por lo que uno se podía imaginar que diez años después, como lo estoy haciendo ahora, uno podía revivir ese hecho, con el lenguaje y el sentimiento crudo de lo que estaba sucediendo.

Cuando volví a la Redacción primero hice la historia en un Word, luego armé el último momento, lo puse arriba y después republiqué todo el sitio, ya que no existía la alternativa que hoy tienen los blogs y sitios de actualizar un contenido particular. Eso significaba colocar el contenido nuevo, ubicarlo en la web, reubicar los contenidos anteriores –tarea de diseñador hecho por el periodista- y luego publicar para que la computadora republicara toda la carpeta FTP “public_html”, lo que significaba recorrer hasta el archivo más pequeño del sitio.

Por ejemplo, recuerdo que los archivos del día en realidad no retrasaban mucho la publicación final, sino más bien las ediciones anteriores, ya que esa carpeta FTP contemplaba volver a poner en Internet las ediciones anteriores. En líneas generales publicar un último momento significaba de una hora a una hora y media.

En fin, quería compartir esta experiencia que cumplió 10 años, ya que fue muy importante para mi, porque no existían referentes del periodismo digital en ese entonces. No había en Argentina y en el mundo un Gumersindo Lafuente, un Guillermo Culell o un Julián Gallo que nos pudiera orientar en este camino: ellos también estaban en la misma, pero en medios que apostaron a sus ediciones digitales. En las Redacciones no había un editor, jefe de noticias o Secretario de Redacción que se acercara a nuestras máquinas y nos diera un buen consejo. No tuve maesro. Todo lo contrario: nosotros acudíamos al papel y muchas veces para corregir errores ortográficos que ya había pasado por los correctores. Lo de Internet no interesaba. Las pantallas de los monitores de esa Redacción tenía a Clarín Digital, ninguna a Los Andes Online, por la simple razón de que se hacía lo que se podía y no resultaba muy atractivo, respecto a medios digitales de Buenos Aires, en tiempos donde la banda ancha no estaba aún en el común de los usuarios de Internet. Por eso los mendocinos en el exterior eran los principales lectores de esa web, cuyo 80 lo primero que hacía era enterarse de Mendoza a través de la edición impresa y no de los últimos momentos, como lo hacen hoy.

Fue una experiencia grata y única. Soñé muchas cosas en esos años, pero reconozco también que por poco dinero renuncié a la vida social, a los viernes y sábado a la noche y que al final terminé pagando un derecho de piso que económicamente no me llevó a ningún lado. Pero bueno, en ese momento no tenía como plan formar una familia y el laburo me entusiasmaba mucho, como ocurre ahora con los periodistas que empiezan a recorrer el camino. El periodismo digital es una pasión, pero hay que aprender a encontrar el equilibrio con la dignidad para no ser explotado. En este sentido, Diario Uno acertó cuando arrancó su versión dinámica en la web en 2007, con la decisión de poner a trabajar un plantel de periodistas con la situación laboral regularizada.

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