lunes, 17 de septiembre de 2012

Vladimiro, el padre que nos hizo sentir hijos de Dios

Es un momento muy breve, como mucho dura un segundo y medio. Ocurre al comenzar la cena. "Señor Jesús, que naciste en Belén, bendice esta mesa y a nosotros también". Luego, mi mujer -así esté del peor humor que exista- se le escapa una mínima sonrisa.  Un día me preguntó desde cuándo digo esa oración, que también la conoció hace casi seis años, cuando nos pusimos de novio. Me la enseñó el padre Vladi.

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Fue en un almuerzo de alumnos con sus padres en la escuela Nadino, de la Sexta Sección. La mesa estaba armada frente al baño de la mitad del patio del colegio, al lado de la vieja iglesia de Dolores. Era la época del Mundial 78 y como mis hermanos mayores entraron a la universidad, me mudaron de Maristas a Nadino. Entonces se acercó muy rápido el padre Rossi. Y bendijo la mesa con esa oración. Desde ese día hasta hoy -pasaron 34 años- lo pronuncio al mediodía y a la noche. 

Ese año Vladi nos dio la comunión y cuatro años después, la confirmación, allí en Dolores. Empezó la democracia, llegó el rock nacional y mi pasión por los radioteatros y no fui más a Nadino, pero sí, a veces, a las misas de padre Vladi en la calle Granaderos. Una vez mamá andaba muy mal y le pedí que fuera a casa. La escuchó y tras la bendición todo pasó. Mucho tiempo después fui a buscarlo para que le diera la unción a mi papá, que ya no podía pelear más con la enfermedad que sufría desde que yo tenía cinco años. Vladimiro fue y lo confesó. Sentimos paz en casa. A la mañana siguiente mi viejo se agravó, lo llevamos al hospital y al anochecer partió. Eso pasó exactamente dos meses después de que mi viejo se mostrara contento por mi graduación en Buenos Aires y por ver lo más importante que había hecho como periodista hasta ese entonces, una única nota que escribí y salió en la tapa del diario La Nación.
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Sin embargo en ese 1996 vivía una crisis muy fea y extraña. Fui a hablar con Vladimiro. Me sorprendió de que siempre me reconociera, pese a que no fui de los Peregrinos, sino que sólo un egresado de Nadino del año 1982. Esa tarde escuchó la más terrible confesión de mi conciencia y viendo a un Jesús abandonado me mostró una Biblia y expresó, en su cuyano mezclado con un italiano: 

"Abre el Evangelio, léelo y subraya las veces que Jesús diga no temáis". 

Años después, cuando me tocó vivir otros momentos feos, esas palabras regresan con más vida, porque al fin y al cabo, como nos dijo el padre Luis Sabarre, de Encuentro Matrimonial, Dios no crea basura, por lo tanto no hay de qué temer.

Ahora entiendo por qué el padre Vladimiro, con estas pequeñas palabras y su presencia en esos momentos clave de la vida, ha sido también mi padre y el de cientos o miles de mendocinos. No sé si fue él quien me lo dijo (creería que sí): "A los curas les dicen padre porque sentimos que ustedes son nuestros hijos".

Y hasta dejó una huella en el rock mendocino, con una banda llamada "Vladimiros", nombre inspirado en el cura de Dolores. Estaba en quinto de la facultad, en Buenos Aires, y llevé un cassette de ellos, que me pasó un amigo Peregrino que hoy vive en San Martín de los Andes. "¿Por qué no vienen a tocar acá", me preguntaban cuando escuchaban "Las calles de Mendoza".

Gracias al Vladi y Peregrinos, mi hermano conoció a su mujer, con quien ya lleva 25 años de matrimonio.  Además de mi primer médico de diabetes y de algunos periodistas y amigos, Vladi también dejó la huella de Jesús en importantes fragmentos de vida de cientos o miles de mendocinos, que hoy a su modo peregrinan abrazados a Jesús en distintos ámbitos de nuestra sociedad.

Partió el autor de unas palabras que en casa nos lleva a recordar a Dios al menos dos veces al día y de paso, a que Graciela me mire al rostro y sonría. También partió ese padre que le abrió la puerta del Cielo a mi papá; que me confesó por primera vez, y quien me enseñó a querer la Eucaristía y a vivir la fe y la vida sin miedo.

Partió Vladimiro Rossi, un padre con vocación de padre.  En Youtube, unas palabras que nos dejó:



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