martes, 26 de febrero de 2013

Accidentes vs homicidios al volante

Un colectivo atropelló y mató a la madre de una amiga, aquí en Mendoza. Ya no está más. No es el final de vida previsto por uno. Ahora despeguémonos de escribir en tercera persona: ¿a mi me gustaría terminar mi vida atropellado como un perro, en la guillotina de cemento, castigado a muerte por un delito que jamás cometí?

Sueño con terminar mi vida al menos dignamente, cobrando una jubilación y compartiendo la sabiduría de los años vividos. Lo mismo que esa señora anciana que fue asesinada por un colectivero casi 50 años menor que ella. Ahora bien, ¿es un asesinato? ¿el colectivero tenía la intención de matarla desde hacía varios días? No sé (probablemente no) pero lo hizo, la mató.

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La semana pasada, Eduardo Feinman criticó a Víctor Hugo Morales porque calificó de desgracia al momento que vive Eduardo Aliverti, padre de un joven -locutor y periodista también- que borracho atropelló y mató a un ciclista en Buenos Aires. Feinman consideró grave quitarle a la víctima el rótulo "desgracia" y llevarlo para el lado de quien mató con el auto. De este modo, la impresión que deja el mensaje de Víctor Hugo es que la desgracia sólo la vive la familia de Aliverti. Las características de ese caso hace que no sea un accidente, sino un homicidio. ¿A la víctima le interesa si es doloso o culposo? Estuve en el velorio de la mujer fallecida. Vi la desgracia.

Un accidente es cuando las culpas están repartidas, o mejor dicho, cuando no se pudo evitar otra cosa que lo que sucedió. Si la ruta está en muy mal estado, si se cruzó en perro imprevistamente y tuviste que maniobrar, si el coche que venía enfrente puso la luz alta y te encandiló, si un choque en cadena te llevó sin querer a hacerle daño a otra persona o si te agarró el alud mientras atravesabas Potrerillos, por ejemplo, se puede decir que estamos ante accidentes, Es accidente porque si manejar bien es comunicarse bien, las circunstancias no fortuitas determinaron la desgracia y no el comunicarse mal.

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Ahora si la desgracia llega porque un ciclista, de noche, no llevaba luces ni ojo de gato, o porque ese ciclista cruzó el semáforo en rojo (está penado por la ley, pero nadie le da bola), porque el conductor iba borracho o a alta velocidad, porque decidió cruzar mientras el semáforo pasaba del amarillo en rojo (como está de moda ahora en Mendoza), porque decidió pasar un auto sin avisar al de atrás poniendo el guiño o sencillamente porque los automovilistas, motoclistas y peatones entre sí no se comunicaron bien, entonces ya no es un accidente y la desgracia siempre va a ser mayor en la víctima (porque no pudo terminar su vida dignamente) y su familia (porque no es lo justo y además duele ver sufrir al máximo a un ser querido).

Eduardo Aliverti no es el protagonista de la tragedia que armó su hijo y el drama que vive en estas horas no es el resultado de una obra realizada por él durante años. Un término correcto para expresar su presente sería "dolor" y no desgracia, porque la desgracia se vincula a lo irreparable, a lo que no vuelve atrás y a lo que en sí es injusto, porque ¿quién sueña terminar su vida así? A la vez, todo indica que no fue un accidente.

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Arriba del volante hay gente que le importa y hay gente que no. Un caso ejemplo fue el protagonizado en el último verano por un empresario de medios, vinculado a un diario que el año pasado promovió el aborto en Mendoza, que metió su vehículo en la playa, atropelló a una persona (le causó heridas) y luego denunció a la policía que la víctima se le echó al auto para posiblemente asaltarlo (ningún testigo lo vio así).

Las campañas para prevenir accidentes tienen que ser permanentes. Un boxeador nunca gana una pelea con el primer golpe en el primer round. Tiene que pegar permanentemente hasta el último round, si el combate es difícil y parejo. El tránsito es un combate difícil y las campañas de comunicación de prevención tienen que mantenerse con el tiempo, porque siempre puede llegar un doloroso y triste nockout de parte de un generador de desgracias, que vive su vida en primera persona, pero cuando agarra el volante cambia a tercera persona.

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