martes, 29 de octubre de 2013

El candidato del terror por el que nos sentimos leídos

En 1983 volvió la democracia. Y vino una nueva cultura. Una cultura más abierta. La cultura, como un kiosco que se convirtió en minimarket, que además de productos novedosos incorporó la droga y el sexo libre. No es que antes no fuera así (o que los militares lo reprimieran), sólo que a partir de ese momento lo que estaba iluminando debajo de la mesa cambió de lugar (hacia arriba) y empezó a mostrarse más. Era lo nuevo, lo rebelde, lo cool. La izquierda -que en su versión extrema (subversión extrema, vaya casualidad) venía de fracasar en el mundo- aparece como lo novedoso, con un discurso que no impacta en lo político y que en las urnas no alcanzaba al 0,25% del electorado. Y está bien que así sea, porque en cualquier país de los que a los argentinos les gustaría vivir la cultura no es un kiosco, sino que un minimarket. La diferencia está en el nivel de educación intelectual y espiritual de los consumidores que van allí.

La cuestión fue que se hicieron muchos cambios, demasiados cambios, en la educación. Las cosas buenas y malas del pasado entraron en la misma bolsa con el rútulo negativo de "conservador" y "retrógrado". Y los productos buenos y malos que ingresaron al minimarket también entraron en la misma bolsa, con el rótulo positivo de "progresista". Así es como lo percibo al cumplirse 30 años de democracia y también de apertura de este minimarket, en el que no todos estamos a la altura cultural de disfrutarlo.

Y la educación hizo las cosas para que los argentinos de hoy no sepan distinguir lo bueno y lo malo de cada una de esas bolsas. Lo que es conservador siempre será malo y retrógrado. Y lo que es progresista siempre será bueno. Y listo. El minimarket seguirá abierto, pero no habrá ojos para leer recetas y prospectos, sino que sólo ojos para comprar las apariencias.

El domingo el pueblo mendocino eligió a la ideología que en el mundo persiguió a las iglesias católicas y evangélicas, y que promueve el libre consumo de drogas, impunidad absoluta para los narcotraficantes y un caño en la cabeza de los niños por nacer que provegan de madres que no desean tenerlos. Y sin embargo conozco a una señora paqueta y elegante de la Quinta Sección, que vende ropa fina y que los votó por son lindos.

Es verdad que muchos -yo creería que casi todos- pasamos el feo momento de perder un trabajo y la larga transición hasta volver a un empleo con un sueldo digno. En ese sentido me siento contenido por el FIT, porque sé que ellos escucharán al que viva ese trance.

Antes, cuando escuchaba a un candidato que usaba la palabra "trabajador" no me sentía identificado con el mismo, porque expresaba impotencia y bronca. En cambio ahora, Del Caño, cuando dice la palabra "trabajador",  expresa justicia y contención, es decir, el "yo te voy a entender".

Por un lado está claro que las generaciones post 83 no estudiaron el comunismo soviético y cubano porque fue ocultado por la forzosa idolatría al Che Guevara. También está claro que la gran mayoría no vio fetos en los de basura de los hospitales públicos (como es en Estados Unidos o Cuba) o en los mismos cordones de la calle (como es en China). También es verdad, como dice Quique Bolatti, que muchos votaron porque no me calienta votar.

Tenemos a Jorge Bergoglio, el hombre común, que mientras tramitaba su jubilación como cura, para ir a vivir a hogar de curas ancianos en el conurbano porteño le llegó una luz del cielo que le cambió el rostro y lo ubicó como protagonista del mundo. Y tenemos al joven cordobés que leyó con claridad el miedo de los mendocinos a despertarnos sin trabajo y sin pan, algo que jamás logró un sindicalista en toda la historia (a nivel local).

Y muchos de los que votaron a ese joven también se sienten leídos por Francisco.
Tendría que haber más coincidencias que diferencias, sin dudas. Y me duele que no sea así.



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