sábado, 10 de mayo de 2014

Cuando la hipocresía es violencia

Amor y verdad- Amar al prójimo y a los enemigos. La Verdad os hará libres. Amar la Verdad. Palabras de Jesús. Con Amor y Verdad no hay violencia. Recién Cristina, en la inauguración de una placa en homenaje al padre Carlos Mugica, se valió del Evangelio para decir que al odio se lo vence con amor. Y citó al Papa Jorge Mario Bergoglio para contestarle a la iglesia local que definitivamente que si hay violencia en Argentina -como denunció ayer la Conferencia Episcopal, es decir, la cúpula de la iglesia católica argentina- es por culpa de los medios de comunicación.

Sin criticar al obispo Arancedo, a quien recibió varias veces, Cristina intentó dividir a la iglesia argentina, emisora del mensaje que concluye diciendo que la violencia está instalada en el país.

Esto no es una opinión: cada discurso de Néstor Kirchner, siguiendo la línea de Hugo Chávez, fue una gota que hizo fuerza para dividir al país. Igual línea su mujer, Cristina: los enemigos fueron el campo y luego los medios, es decir, quienes piensan distinto. Al punto que hoy en vez de señalar como enemigo a Arancedo, señaló a Clarín, La Nación y los grandes medios como autores del mensaje que dejó ayer la iglesia local, con el apoyo del arco opositor.

Negar que hoy existe violencia -como consecuencia de la pobreza causada por la inflación, como también por la falta de respeto a las leyes causado por un Gobierno que no respeta la ley y por el continuo desprecio por el otro que deja los voceros del kirchnerismo- es violencia e hipocresía. Y lo es también forzar el mensaje del ex arzobispo de Buenos Aires hacia el punto de cambiarle el sentido, también es violencia. Si Bergoglio le dio a la presidenta ese libro que escribió para obispos latinoamericanos lo hizo a ella como principal destinataria, no a Clarín y La Nación.

Benedicto XVI dio un mensaje clave en su papado: hay que predicar primero con el ejemplo y luego con la Palabra. El mensaje de Jesús llega mejor si quien lo dice es alguien coherente y  con corazón humilde.
Hitler pudo decir que el amor vence al odio. Fidel Castro también lo puede decir ahora. Nicolás Maduro, también. Pero nadie les va a creer.

Si Francisco ahora o antes Juan Pablo II -quien en su papado dijo que el Evangelio (y no el marxismo) es la única verdad que libera- logran hacerte sentir leído por Jesús cuando dicen "la Verdad los hará libres" o "el Amor vence al odio", está claro que quien despreció por muchos años a quien ahora es su referente en el tema pobreza e inclusión (al punto que "él" lo llegó a calificar de "demonio bajo una sotana") y que además durante muchos años mintió con la inflación y aún lo sigue haciendo con las estadísticas de la pobreza, y que maneja la justicia de la mejor forma para evitar explicar ante tribunales cómo creció su fortuna.

Como dijo Benedicto, ahora el mensaje ya no depende del mismo mensaje, sino de la autoridad moral de quien lo dice.

Si quien da el mensaje no tiene autoridad moral entonces ese mensaje es un relato.



Un relato que es violencia porque intenta dividir -como lo hizo esta tarde la presidenta- a la misma iglesia argentina con una ingenuidad increíble, porque el primero que dio el diagnóstico de esta Argentina violenta que expresó ayer la Conferencia Episcopal fue nada más y nada menos que el mismo Papa Francisco, en los años en que fue ninguneado por la Casa Rosada.

Todo sería más sencillo si se reconociera que los discursos de Néstor dividieron y que por joder con la corrupción hoy estamos en un país violento. Sería la oportunidad, en todo caso, de recuperar la autoridad moral que al parecer hoy anhela la presidenta para justificar las cosas buenas que ella cree que hizo.

La verdad y el amor (y el amor a la verdad, si apuntamos también al periodismo) hoy no alcanzan para justificar un mensaje: hace falta la autoridad moral (esto es coherencia demostrada a lo largo de su vida) de quien lo dice.

Si la intención era dividir hablando de Amor de Dios está claro que la misma conciencia filtra la intencionalidad del mensaje y lo tira al tacho.

En este sentido rescato el mensaje de otra mujer, Chiara Lubic, fundadora de la Obra de María (Focolares) que creó un movimiento que ayudó a que la gente ame a Dios y a los semejantes a través de la unidad, es decir, esforzándose en buscar criterios y formas de ser (formas de amar) que unan.

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